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Historias de Emprendedores


Escrito por Barbara Pons el 15 de Julio del 2012

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Os presento a dos jóvenes emprendedores, son una pareja abierta y simpática, conocedora del mundo y con iniciativa. Ambos son licenciados, hablan un par de idiomas extranjeros y han vivido algún tiempo en otros países. Decidieron hace poco regresar a su lugar de origen para aprovechar allí sus conocimientos y dedicarse al sector que más futuro se le ha augurado siempre en nuestro país y han abierto una oficina privada de información turística, complementaria de la ya existente, que depende del Ayuntamiento.

En un principio, según me cuentan, trataron de colaborar con la oficina municipal, pero les pusieron todo tipo de trabas, por lo que, sin desanimarse, solicitaron y obtuvieron una licencia de apertura provisional, las llamadas «licencias exprés» para actividades «inocuas» y locales de menos de 300 metros cuadrados.

Alquilaron y adecentaron un pequeño local, pintaron la fachada de la casa en una calle donde abundan los desconchados en las paredes y se pusieron manos a la obra. Ahora esperan la visita del técnico de urbanismo del Ayuntamiento, que, como sólo se ocupa de las nuevas licencias dos días a la semana y en horario muy reducido, puede tardar todavía en presentarse y dar el eventual visto bueno.

Pidieron al mismo tiempo al gobierno autonómico una subvención, no excesivamente generosa, para costear un crédito bancario destinado a la compra del material informático que necesitan para ejercer su trabajo y están casi arrepentidos por el papeleo que se les exige: solicitud de un presupuesto, compromiso de gastar el dinero en nueve meses, explicación detallada de cada factura, pago únicamente con la tarjeta de la empresa y nunca en metálico, fotocopia de todos los documentos bancarios sellados obligatoriamente en azul. Y para colmo, cartas y más cartas del organismo competente para pedir una y otra vez exactamente la misma información.

En su oficina ofrecen mientras tanto información turística a quienes por allí pasan, proporcionan un servicio de guía por la ciudad y venden productos de gastronomía y artesanía de toda la provincia, contribuyendo así a su mayor difusión y conocimiento entre los visitantes nacionales y extranjeros.

Es éste un tipo de actividad comercial que uno echa de menos por ejemplo en algunos puertos adonde llegan los grandes cruceros.
Han escrito nuestros amigos a varios Ayuntamientos de otros pueblos de la provincia para solicitar información turística porque quieren informar no sólo del lugar donde tienen la oficina sino de otros para que la gente también los visite, pero muchas veces les han contestado con displicencia que todo lo que necesitaban está en internet.

Los Ayuntamientos, me cuentan, aunque sean muchas veces del mismo partido, parece que están peleados entre sí o que al menos no se hablan, y otro tanto ocurre cuando la autoridad autonómica y la local pertenecen a grupos políticos distintos.

Se quejan ambos del desdén y la desconfianza con que muchas veces los han tratado en instancias oficiales del mismo sector, que parecían verlos como intrusos y no como a jóvenes con capacidad de iniciativa, conocimiento real de las necesidades de los turistas nacionales y extranjeros y ganas de trabajar..

Nos gastamos con frecuencia un dineral en promover nuestra oferta turística y fallamos luego en lo principal, que es la acogida. Vemos a los turistas deambular muchas veces por nuestras ciudades sin que reciban una información cabal de la amplia oferta culinaria, gastronómica y artesanal de la provincia o región, lo que serviría para fomentar las exportaciones.

Nos contentamos a veces con que llegue un crucero a uno de nuestros puertos y se suban los cruceristas a uno de esos autobuses de recorrido turístico que tienen ya contratado o se sienten en una terraza a comer una pizza.

Hacemos mucho menos de lo que sería necesario para darnos mejor a conocer fuera, recelamos de quienes tienen más imaginación e iniciativa. Y a veces, para colmo, les ponemos zancadillas.

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