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PAPÁ... de grande quiero ser Funcionario.... no Empresrio


Escrito por Mario Curatolo el 14 de Diciembre del 2011

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El echo que en España sea más difícil abrir una empresa que en otros países lo corroboran los resultados de estudios internacionales que califican a España como un país donde no hay facilidades para emprender por lo que cuesta más montar una empresa y mantenerla viva. Las razones que hacen que España esté aún a la cola de los países desarrollados a la hora de emprender, hay que buscarlos en factores como la cultura, la educación, la financiación y los trámites administrativos vinculados con la creación de empresas. Mientras en España domine la cultura de estigmatizar el fracaso, los emprendedores españoles que fracasen la primera vez, posiblemente, no vuelvan a intentarlo de nuevo. La cultura del emprendimiento radica en la capacidad de las personas de no abandonar cuando las cosas se ponen difíciles.


El echo que en España sea más difícil abrir una empresa que en otros países lo corroboran los resultados de estudios internacionales que califican a España como un país donde no hay facilidades para emprender por lo que cuesta más montar una empresa y mantenerla viva.

Esta "limitación" no es tanto una barrera administrativa como cultural. La cumplimentación de trámites administrativos, normalmente considerados como indispensables para la puesta en funcionamiento de cualquier negocio, no es más que la parte visible de la problematica empresarial española.  Las normas administrativas representan la primera, y quizás más infranqueable de las barreras para la constitución de pequeños negocios y empresas. Si bien para los pequeños negocios, superar estas barreras burocráticas supone compromoter todos sus recursos en la supervivencia del negocio, a corto plazo, el riesgo y esfuerzo financiero inicial supondrá para muchas de estas empresas con escasos recursos, abandonar el sueño de montar su propio negocio. El esfuerzo para las empresas medianas, no es menos significativo ya que la superación de estas barreras merma sus recursos y condiciona la futura gestión de la empresa. La merma de sus medios financieros, en particular, precariza su gestión, limitando su capacidad de crecer forzándole a concentrar  todos sus esfuerzos en "mantenerse a flote". Si bien, la mayoría de estos negocios supera las barreras burocraticas, su capacidad de despegue como negocio, estará siempre comprometida. Esto explica que el creciemiento de los negocios medianos sea lento, y su aportación a la creación de nuevos puestos de trabajo resulte insignificante. De echo, los negocios medianos, al permanecer medianos, ni generan una mayor demanada, ni representan una fuente adicional de recaudación de impuestos  para la administración pública. El tiempo requerido por estos negocios para recuperar la inversión inicial, hace que su productividad cresca muy lentamente reduciendo su propension a superar su estado de negocio medio-pequeño. Si consideramos que en el caso de España, este tipo de negocios  generan una gran parte de los impuestos directos e indirectos, resulta sorprendente la ausencia de medidas concretas destinadas a flexibilisar y agilizar el establecimiento de nuevos negocios. Para los empresarios, los costes de oportunidad asociados al tiempo y dinero necesario para iniciar la actividad empresarial, son la principal causa de frustracion de sus sueños de montar una empresa. El excesivo riesgo en el que han de incurrir para montar su empresa, es consecuencia de barreras administrativas pensadas más para grandes empresas con ingentes recursos económicos, que para pequeños y medianos empresarios cuyo éxito empresarial depende de la inmediatez con la que puedan iniciar su actividad productiva. Las normativas burocraticas relativas a la iniciación de un nuevo negocio responden a criterios carentes de la necesaria flexibilidad y dinamisidad requerida para constituir actividades rentables. Estas barreras para montar cualquier empresa, sea grande o pequeña, desalientan primero y desisentivan después la propensión emprendedora. De ahí que a diferencia de países como Francia o EEUU, en los que el 51% y 55% respectivamente de los trabajadores prefieren trabajar por cuenta propia, en España, ese porcentaje es del 40%. Este desencanto con el espíritu emprendedor, se ve reflejado en el echo que en 2010, en España, se crearon sólo 76.622 empresas, frente a las 143.859 de 2006. Por otro lado, los empresarios que terminan montando empresas en España, lo hacen, exigiendo prevendas al Estado para que garantice su supervivencia. Estas prevendas toman la forma de regulaciones del funcionamiento del mercado que limitan la libre competencia y la posible incorporación de nuevas empresas al mercado. El resultado final no es otro que el desarrollo de una cultura empresarial poco competitiva, acostumbrada a operar en un mercado con un número muy pequeño de empresas de nueva la creación en el que la poca diversidad de la oferta global y el menor potencial de crecimiento del mercado desinsentivan las nuevas inversiones haciendo que el mercado permanezca pequeño y restringido a pocas empresas. 

Las razones que hacen que España esté aún a la cola de los países desarrollados a la hora de emprender, hay que buscarlos en factores como la cultura, la educación y la financiación, aparte de los ya referidos trámites administrativos vinculados con la creación de empresas.

En una cultura como la española donde prima la aversión al riesgo y la ausencia de una visión meritocrática, el éxito empresarial se ve más como producto de la suerte o el resultado del recurso a prácticas poco transparentes. De ahí que el peso específico de factores como el saber hacer, la abnegación, la constancia o el creer en uno mismo, son minimizados a la hora de explicar el éxito empresarial. Por otro lado esta misma cultura, exagera y estigmatiza el fracaso, asociándolo con decisiones estratégicas calificadas a posteriori como irresponsables. La aversión cultural al riesgo, es amplificada por referentes morales al éxito económico que frenan el deseo natural de las personas de perseguir un sueño o poner a prueba sus propios límites individuales por superarse y progresar.

La educación parece reforzar estos principios éticos y morales contrarios al espíritu emprendedor de la persona, privando a la sociedad de un mayor número de aventureros que se lanzen al reto de montar una empresa. El espítiu emprendedor no se crea añadiendolo al curriulum escolar como si fuera una asignatura más. Es preciso cambiar los valores de los enseñantes y sus técnicas didácticas para asegurarse de romper con el miedo a equivocarse y potenciar la imaginación y creatividad en libertad. Sólo así, la educación podrá ayudar a formar un individuo que no obstante sus numerosas caidas y fracasos, continuará a intentarlo una y otra vez hasta conseguir sus objetivos.

En cuanto a la financiación, gran parte del fracaso en la creación de empresas en España radica en la dificultad de acceso a la financiación, particularmente, en las primeras fases del proyecto. La baja propensión al ahorro en España junto con un sistema bancario poco desarrollado circunscrito al ambito de la banca comercial,limita la flexibilidad y adaptabilidad de la banca española a las necesidades cambiantes, retos y riesgos de las empresa españolas.
La ausencia de competencia en el sector financiero, ha agudizado la naturaleza conservadora de la banca española, contribuyendo a reforzar su aversión al riesgo y limitando el acceso al crédito a empresarios españoles. La ausencia de nuevos productos y servicios financieros limita la capacidad del sector financiero español de adaptarse a las necesidades y requeriminetos de inversión reduciendo las posibilidades de expansión y diversificación del crédito y la financiación de nuevos proyectos empresariales. Por otro lado, la excesiva presencia del Estado en el sector financiero, condiciona la evolución del mercado bancario, reduciendo la oferta de financiación a detrerminados tipos de actividades y grupos empresariales politicamente estratégicos. Esto, obviamente, ha terminado por homogenizar y empobrecer la naturaleza del sector financiero impidiendo la renovación y diversificación de la realidad económica y empresarial del país. Si bien la figura de los "business angels" está bastante desarrollada, esto no deja de ser la excepción que confirma la regla en un mercado con poca competencia en el sector financiero, poco desarrollado e incapaz de responder a un entorno dinámico caracterizado por un mayor número de emprendedores ambiciosos e inversores nacionales y extranjeros con buenas ideas incapaces de llevarlas a cabo.


Uno de los aspectos que más ilustran el fracaso emprenderor español es el que la economía española no transforme en mayor productividad, el know-how que resulta de su esfuerzo invetigador. Esto supone que las empresas están más preocupadas por cumplir con trámites administrativos legales (poco rentables y productivos), cada ves más abrumadores, que por maximizar su producción. Para ser la novena potencial mundial en producción científica, cuando se analiza la comercialización de patentes y licencias o la creación de empresas, la posición española decae enormemente al no haber una derivación de la investigación en la actividad empresarial y en el espiritu emprendedor. La ausencia por tanto de una cultura, educación y financiación empresarial capaz de sacar partido al capital humano y cultutral disponible, unido a una administración anclada en prinicipios filosóficos mercantilistas, reflejado en leyes y procedimientos administrativos que torpedean más que favorecen la creación de empresas, limita el crecimiento y desarrollo de la actividad economica. En este sentido, el problemas no es tanto que no haya suficientes patentes (600 nuevas  patentes en 2009, mayoritariamente provenientes del sistema universitario público) si no que, no se licencien comercialmente estas patentes garantizando a sus generadores, un retorno económico adecuado . La economía española adolece de empresas y empresarios que sepan sacar partido de la investigación fundamental transformándola a través de la cultura, educación y financiación en productos y servicios que puedan ser comercializadios y rentabilizados.



Las principales barreras a la creación de empresas son culturales, posiblemente autoimpuestas en la medida que no existe entre los propios empresarios, una verdadera tradición de emprendimiento. La tendencia a equiparar "hombre de negocios" con "empresario", revela que aún no se entiende la diferencia entre hacer negocios y emprender un negocio. Hacer negocios representa una actividad dinámica y cortoplacista en la que una ves alcanzados los objetivos del negocio, este se disuelve. Emprender un negocio supone un acto de compromiso con una idea de crear algo que perdurará en el tiempo al sentar los cimientos para su futura reproducción, transformación y comercialización.
Aunque cada vez hay más discursos en torno a este tema, aún falta mucho para conseguir que la gente deje de plantearse ser sólo funcionario, y considere la idea de ser empresario.
Si bien en España existe un gran espíritu de emprendimiento en el que las ideas y la fantasía no faltan, en términos reales, poco de ese espíritu de emprendimiento se materializa en la creación de empresas. El ser capaz de pasar de la creatividad a la aplicación práctica de la idea, representa el verdadero valor diferencial de emprender. Sólo cuando la idea deja de ser idea para transformarse en un producto o servicio, de la mano de un emprendedor que la reproduce y comercializa, la idea intangible, se materializa en un producto o servicio tangible que adquiriere un valor transaccional que antes no tenía. Esto es posible sólo gracias al pragmatismo del emprendedor que reduce la creatividad a la aplicación práctica y comercial de la creación. Las creaciones, al igual que las ideas, carecen de valor si no se comercializan. En el momento que se comercializan, adquieren valor, atrayendo el interés de inversores por su potencial rentabilidad futura. Por tanto, la razón por la que en España sigue haviendo un nivel de emprendimiento tan bajo  responde seguramente a su propension a concentrarse en la creación y no en la comercializacion de sus ideas. La cultura del negocio fácil y rápido en la que se han encumbrado a los especuladores y glorificado la actividades extractiva no-transformadora, que buscan "el pelotazo", ha reforzado la primacía del corto plazo versus el largo plazo, haciendo que al negociante se le vea con simpatía y envidia mientras que al emprendedor, serio y responsable, se le trate con cierto desdén.


Mientras en España domine la cultura de estigmatizar el fracaso a diferencia de lo que sucede en otros países donde, los fracasos, se consideran como parte del juego, y dos o tres fracasos hacen parte del aprendizaje de emprender, los emprendedores españoles que fracasen la primera vez, posiblemente, no vuelvan a intentarlo de nuevo. La cultura del emprendimiento radica en la capacidad de las personas de no abandonar cuando las cosas se ponen difíciles. Empezar un negocio es siempre complejo ya que introducir una nueva idea en el mercado, darse a conocer, vender el producto, son todas acciones que forman parte de un proceso que puede traer varios reveses y poner a prueba la confianza en el proyecto empresarial. La mayoría de las iniciativas exitosas requieren de mucho tiempo, perseverancia y sobre todo de una gran capacidad para saber aprovechar las oportunidades.

No hay nada malo con ser funcionario....pero no hay nada que se parezca a ser empresario.
 







 













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